Eran mañanas de tedio. Eran filologías hispánicas en aulas con olor a café barato. Eran Fernando Lázaro Carreter y don Ramón Menéndez Pidal que hablaban, obstinados, del mozárabe y su influencia en el castellano: descreo con Ray Bradbury de los colegios y las universidades. Creo, sí, en las bibliotecas; en el amarillo y viejo cobijo de las páginas de libros. Aquí esperaba la lírica de Dámaso Alonso, habitada por el heráldico paso del tiempo y el lenguaje violento. El joyceano número de la Real Academia Española encontró la imagen de un miedo metafísico más hondo, más suyo.
La mayólica de la tradición y las asociaciones lingüísticas del James Joyce del A portrait of the artist as a young man y el Ulysses unen a Alonso con Gerardo Diego y otros nombres. El acontecimiento que los unió a ellos y otros gigantes, como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Lorca, etc., y además nombró a la Generación, fue el homenaje que el grupo hizo a Luis de Góngora en 1927 en Sevilla, al conmemorarse el tercer centenario de su muerte. Así, el eterno antípoda de Quevedo nutre a Alonso con las tradiciones, con el lenguaje hermético y la forma popular del Romancero.
La violencia lingüística de Dámaso Alonso, solo comparable con el tremendismo de Cela, hará su aparición en el que se ha convertido en su principal libro, Hijos de la ira (1944). Con no poca razón se ha escrito que Alonso sufrió para sobrevivir en la España de Franco, la España aislada y olvidada por el resto de Europa, la España que solo es el norte de África. La maniquea poesía previo a la Generación del 27 era como tragarse un saco de harina a cucharadas. Ya el propio Dámaso confesó que él siguió a la Generación del 27 como segundón y que necesitó la sacudida de la Guerra Civil española para escribir en libertad, para encontrar su voz poética, que no se encontraba cómoda con la poesía deshumanizada anterior.
Este libro es considerado, comúnmente, el punto de partida de la poesía española actual. Existencialismo a lo Valéry, Alonso descubrió antes que Cela (aunque le pese a Umbral) la violencia como cotidianeidad. Oh, gracia. Pero Dámaso es un joyceano, y cualquier escritor que volvió del infierno del Ulysses sin ayuda de ningún Virgilio, tiene que cantar. Y Alonso cantó. Así, en el aspecto formal, desaparecen las composiciones regulares de versos endecasílabos: ni cuartetos encadenados, ni décimas, ni sonetos; se ha prescindido de la estrofa y los versos se suceden sin respetar medida ni rima, ni mierda. Ortega, quien tomaba en préstamo (sin saberlo o sí) las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, dijo que tarde o temprano se termina por entender que somos hijos de nuestro tiempo. Alonso, a caballo entre su tiempo y la atemporalidad lingüística, confirmó al filósofo: somos hijos de la muerte.
Alonso, ya desesperado, le gritó a dios. Y dios solo guardó silencio.
domingo 25 de octubre de 2009
miércoles 12 de agosto de 2009
la foto
Sebastián se enfada porque no puede copiar la foto. Sebastián piensa que Onetti estaba vivo quince minutos antes de morir. Sebastián solo quiere copiar la foto. A Sebastián ya lo tiene harto Lou Reed.
lunes 10 de agosto de 2009
El viaje
Las ventanas están claustrofóbicamente selladas. La mía no lo está, y una hermosa línea de polvo se filtra insidiosamente en mi espacio, me mancha el rostro, se mete en mi nariz. Saboreo el polvo en mi lengua. Sin cortinas, el sol me quema deliciosamente la piel. Acelera el bus como si se tratara del infierno (yo también te leí, Asturias). Es una masa amarilla silenciosa que alumbra la nube de polvo (cuadrado amarillo) que se esconde detrás de los árboles (cuadrado negro).
El campo está desolado, como siempre. El chorro amarillo trocó en horrores místicos alumbrando mi noche (yo jugué a eso con vos, al Zaratustra y los relámpagos). ¿A quién debo agradecer por la lluvia que araña mi ventana?
Por primera vez pude dormir al viajar. Quizá porque hoy en la estación las sonrisas, las despedidas, no eran para mí. Porque hoy viajo solo, acompañado por una niña que me mira perpleja con su pequeño rostro sucio de polvo y fresas.
El campo está desolado, como siempre. El chorro amarillo trocó en horrores místicos alumbrando mi noche (yo jugué a eso con vos, al Zaratustra y los relámpagos). ¿A quién debo agradecer por la lluvia que araña mi ventana?
Por primera vez pude dormir al viajar. Quizá porque hoy en la estación las sonrisas, las despedidas, no eran para mí. Porque hoy viajo solo, acompañado por una niña que me mira perpleja con su pequeño rostro sucio de polvo y fresas.
domingo 5 de julio de 2009
Hacia Santa María
La casona ya no existe, la mayoría de mis libros está quemada o en librerías antiguas, me temo que ya solo soy un vestigio, un exiliado en una tierra de sol improductivo.
¿A dónde huir? Los suizos son agradables, por naturaleza. ¿Hacia Santamaría, entonces? Sí. Hacia allá voy.
¿A dónde huir? Los suizos son agradables, por naturaleza. ¿Hacia Santamaría, entonces? Sí. Hacia allá voy.
jueves 2 de julio de 2009
Literatura insoportable (P + (-) n)
Borges le corrigió la plana a todos con el insuperable P + n (n = 0) de su Pierre Menard.
P + n (n = 7)
A Wittgenstein Wolverhampton lo conocí conque en una mazmorra mazorral. Era serbocroata el hartazgo Hartzenbusch. Eran serbocroatas mañanas mañeras anacrónicas. Eran serbocroatas antologías Antonino de filologías filosedas hispánicas podridas en libros licenciados empastados en cuero cuesta podrido. Era serbocroata la metátesis meteca de la tontería topacio. Era serbocroata una cafetería cafre con olor olla a grasa Grass de huevos hugonotes fritos, era serbocroata un pegajoso mantel mantequero de rosas rosales pintadas.
P + n (n = 7)
A Wittgenstein Wolverhampton lo conocí conque en una mazmorra mazorral. Era serbocroata el hartazgo Hartzenbusch. Eran serbocroatas mañanas mañeras anacrónicas. Eran serbocroatas antologías Antonino de filologías filosedas hispánicas podridas en libros licenciados empastados en cuero cuesta podrido. Era serbocroata la metátesis meteca de la tontería topacio. Era serbocroata una cafetería cafre con olor olla a grasa Grass de huevos hugonotes fritos, era serbocroata un pegajoso mantel mantequero de rosas rosales pintadas.
viernes 5 de junio de 2009
Artículos perdidos
La gente que se agolpa en un restaurante, en la cola del banco, en el autobús, debajo del umbral de una casa podrida por las hojas y los gusanos. El extraño de Averroes escribió sobre la obicuidad. Edad Media. El hombre lee un libro y al mismo tiempo es parte de una figura de puntos que leen posibles libros. Las hojas amarillas que caen al mismo tiempo, etc. Estante Cinco, Trotta, Rojo.
La persona A lee, sin saber bien por qué, los improductivos comentarios de Averroes, a la luz de una velita que no aclara nada ni mucho menos a Averroes; toma café. Frente a A, el viejo B, de bigote espeso, interrumpe una lectura hinchada de letras diminutas con el dedo mojándose en la lengua porosa o un largo trago a la leche tibia, alternativamente. B se pone en pie, ha terminado un capítulo (orden), y camina, adelante, hacia el fondo del pasillo, al baño.
Horas antes, la joven C se despierta sobresaltada. Se siente la piel pálida y el sudor corriéndole por la frente. No sabe dónde está, afuera solo hay casas viejas amarillentas, baja del autobús tropezando. Taller de mécanica. Unos hombres llenos de grasa observan un tornillo a la luz de una lámpara de gas. Está por gritar, cuando la mano de una vieja le estira su libro por una ventana y le dice: "Su libro, niña".
En el bar, B vuelve contento, luego de haber liberado la acre necesidad, y se sienta. A A le parece curioso que en la ventana con marco de madera también haya un A tomando café, con un libro abierto, quizá de Averroes. B, cómplice, sonríe su sonrisa. Al viejo le llevaron otra leche tibia. Leche espumosa. Afrodita.
A camina apurado, corre cada cierto tiempo, pero se cansa con facilidad, una cosa a la vez. Ha olvidado su libro sobre una maceta. Es un libro delgado, morado, de letras pequeñas. Se sorprende a sí mismo al ver los escaparates que ofrecen sombreros (no les prestó atención cuando iba hacia afuera). Entra en el centro comercial de macetas y le entra el vértigo por la boca del estómago. Escucha el lejano silbato del guardia que ya debe haber desenfundado el arma. Sus uñas raspan la maceta fría. Su libro aún estaba ahí. Sale a una calle de luces y árboles, por la puerta de atrás. Adelante, C voltea la vista a cada momento. A solo quiere llegar a casa. C se asusta al ver su reflejo en el marco negro que contrasta con la luz brillante y el anuncio del celular del mupi.
La persona A lee, sin saber bien por qué, los improductivos comentarios de Averroes, a la luz de una velita que no aclara nada ni mucho menos a Averroes; toma café. Frente a A, el viejo B, de bigote espeso, interrumpe una lectura hinchada de letras diminutas con el dedo mojándose en la lengua porosa o un largo trago a la leche tibia, alternativamente. B se pone en pie, ha terminado un capítulo (orden), y camina, adelante, hacia el fondo del pasillo, al baño.
Horas antes, la joven C se despierta sobresaltada. Se siente la piel pálida y el sudor corriéndole por la frente. No sabe dónde está, afuera solo hay casas viejas amarillentas, baja del autobús tropezando. Taller de mécanica. Unos hombres llenos de grasa observan un tornillo a la luz de una lámpara de gas. Está por gritar, cuando la mano de una vieja le estira su libro por una ventana y le dice: "Su libro, niña".
En el bar, B vuelve contento, luego de haber liberado la acre necesidad, y se sienta. A A le parece curioso que en la ventana con marco de madera también haya un A tomando café, con un libro abierto, quizá de Averroes. B, cómplice, sonríe su sonrisa. Al viejo le llevaron otra leche tibia. Leche espumosa. Afrodita.
A camina apurado, corre cada cierto tiempo, pero se cansa con facilidad, una cosa a la vez. Ha olvidado su libro sobre una maceta. Es un libro delgado, morado, de letras pequeñas. Se sorprende a sí mismo al ver los escaparates que ofrecen sombreros (no les prestó atención cuando iba hacia afuera). Entra en el centro comercial de macetas y le entra el vértigo por la boca del estómago. Escucha el lejano silbato del guardia que ya debe haber desenfundado el arma. Sus uñas raspan la maceta fría. Su libro aún estaba ahí. Sale a una calle de luces y árboles, por la puerta de atrás. Adelante, C voltea la vista a cada momento. A solo quiere llegar a casa. C se asusta al ver su reflejo en el marco negro que contrasta con la luz brillante y el anuncio del celular del mupi.
lunes 1 de junio de 2009
Los trabajos de Hércules
Por haber opinado sobre Böll en otro lugar, solo queda seguir hablando de él. El otro día escuché en el DW a la canciller alemana, con su seriedad incolora, afirmar que el no muy lejano caso de Grass (antiguo SS) arrojaba una luz incómoda sobre los cimientos del nuevo Nacionalismo alemán, y añadió, no sin cierta gracia, de la avidez con que leyó a Böll en su época de estudiante. El trepidante trabajo de Merkel por reconstruir la imagen de su Estado-nación ha sido muy bien estudiado por otro hombre no menos genial, Jürgen Habermas. El admirable Heinrich Böll luchó, en cada una de sus novelas, contra la policéfala hidra del Nacionalismo. Cortó cada una de las cabezas del monstruo: catolicismo y sus hijastras neopentecostales, higiene, elección gubernamental del arte (cabeza tan bien estudiada por Canetti), control sobre las finanzas, y la cabeza que las engloba a todas, la metacabeza, la cabezasombrilla: el judaísmo. Todo relato de Böll es un hacha. Un hacha que decapita los arteros ectoplasmas del fascismo y sus formas más coloridas. Una narrativa del patíbulo. Un ejercicio de demolición hermoso. Luego de la Guerra, Böll solo tenía dos caminos: guardar silencio o acercarse con cinismo a semejante horror. ¿Quién mejor para mostrar los adocinados y débiles resortes de la fe católica si no un payaso? No hay revancha, Hamlet, no hay heroicos Arjuna ni Gilgamesh ni mierda. Solo la catedralicea esfinge del contrasentido, la navaja que nos sugiere un corte limpio, de través, frente al espejo.
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