Las nubes se agazaparon y cerraron el firmamento. El ambiente parecía una de Orwell (mi gato duda en el umbral de la puerta) y yo bebía anonadado la topografía moral de Dante.
El té ya no alcanza, son más de doce tazas y me siento flotar en un océano de Lipton con una de azúcar, me aferro a los paralelepípedos de glucosa para no hundirme entre la voz de Barrett y los endecasílabos del florentino.
Ese gato tiene algo que no puedo explicar. Certeza epistemológica barrettiana.
Hay una atmósfera de fin de mundo que llena la habitación y ya empiezo a sentir cómo las nubes se cierran y el aire, oh maravilla, no se enrarece; el aire es puro, frío elemental.
En el umbral de la puerta, Clío observa el cielo color pizarra, reflejo de sus iris -afuera las hojas de los árboles oscilan-, entrecierra sus ojos, el aire helado mueve sus bigotes: mi gato también tiene algo que no puedo explicar.
jueves, 7 de febrero de 2008
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