domingo, 25 de octubre de 2009

Alonso para una revista

Eran mañanas de tedio. Eran filologías hispánicas en aulas con olor a café barato. Eran Fernando Lázaro Carreter y don Ramón Menéndez Pidal que hablaban, obstinados, del mozárabe y su influencia en el castellano: descreo con Ray Bradbury de los colegios y las universidades. Creo, sí, en las bibliotecas; en el amarillo y viejo cobijo de las páginas de libros. Aquí esperaba la lírica de Dámaso Alonso, habitada por el heráldico paso del tiempo y el lenguaje violento. El joyceano número de la Real Academia Española encontró la imagen de un miedo metafísico más hondo, más suyo.

La mayólica de la tradición y las asociaciones lingüísticas del James Joyce del A portrait of the artist as a young man y el Ulysses unen a Alonso con Gerardo Diego y otros nombres. El acontecimiento que los unió a ellos y otros gigantes, como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Lorca, etc., y además nombró a la Generación, fue el homenaje que el grupo hizo a Luis de Góngora en 1927 en Sevilla, al conmemorarse el tercer centenario de su muerte. Así, el eterno antípoda de Quevedo nutre a Alonso con las tradiciones, con el lenguaje hermético y la forma popular del Romancero.

La violencia lingüística de Dámaso Alonso, solo comparable con el tremendismo de Cela, hará su aparición en el que se ha convertido en su principal libro, Hijos de la ira (1944). Con no poca razón se ha escrito que Alonso sufrió para sobrevivir en la España de Franco, la España aislada y olvidada por el resto de Europa, la España que solo es el norte de África. La maniquea poesía previo a la Generación del 27 era como tragarse un saco de harina a cucharadas. Ya el propio Dámaso confesó que él siguió a la Generación del 27 como segundón y que necesitó la sacudida de la Guerra Civil española para escribir en libertad, para encontrar su voz poética, que no se encontraba cómoda con la poesía deshumanizada anterior.

Este libro es considerado, comúnmente, el punto de partida de la poesía española actual. Existencialismo a lo Valéry, Alonso descubrió antes que Cela (aunque le pese a Umbral) la violencia como cotidianeidad. Oh, gracia. Pero Dámaso es un joyceano, y cualquier escritor que volvió del infierno del Ulysses sin ayuda de ningún Virgilio, tiene que cantar. Y Alonso cantó. Así, en el aspecto formal, desaparecen las composiciones regulares de versos endecasílabos: ni cuartetos encadenados, ni décimas, ni sonetos; se ha prescindido de la estrofa y los versos se suceden sin respetar medida ni rima, ni mierda. Ortega, quien tomaba en préstamo (sin saberlo o sí) las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, dijo que tarde o temprano se termina por entender que somos hijos de nuestro tiempo. Alonso, a caballo entre su tiempo y la atemporalidad lingüística, confirmó al filósofo: somos hijos de la muerte.

Alonso, ya desesperado, le gritó a dios. Y dios solo guardó silencio.

1 comentario:

Vania Vargas dijo...

Cómo me gusta este texto, su forma y su fuerza. Varias figuras que seguro subrayaría. Cantemos...