La gente que se agolpa en un restaurante, en la cola del banco, en el autobús, debajo del umbral de una casa podrida por las hojas y los gusanos. El extraño de Averroes escribió sobre la obicuidad. Edad Media. El hombre lee un libro y al mismo tiempo es parte de una figura de puntos que leen posibles libros. Las hojas amarillas que caen al mismo tiempo, etc. Estante Cinco, Trotta, Rojo.
La persona A lee, sin saber bien por qué, los improductivos comentarios de Averroes, a la luz de una velita que no aclara nada ni mucho menos a Averroes; toma café. Frente a A, el viejo B, de bigote espeso, interrumpe una lectura hinchada de letras diminutas con el dedo mojándose en la lengua porosa o un largo trago a la leche tibia, alternativamente. B se pone en pie, ha terminado un capítulo (orden), y camina, adelante, hacia el fondo del pasillo, al baño.
Horas antes, la joven C se despierta sobresaltada. Se siente la piel pálida y el sudor corriéndole por la frente. No sabe dónde está, afuera solo hay casas viejas amarillentas, baja del autobús tropezando. Taller de mécanica. Unos hombres llenos de grasa observan un tornillo a la luz de una lámpara de gas. Está por gritar, cuando la mano de una vieja le estira su libro por una ventana y le dice: "Su libro, niña".
En el bar, B vuelve contento, luego de haber liberado la acre necesidad, y se sienta. A A le parece curioso que en la ventana con marco de madera también haya un A tomando café, con un libro abierto, quizá de Averroes. B, cómplice, sonríe su sonrisa. Al viejo le llevaron otra leche tibia. Leche espumosa. Afrodita.
A camina apurado, corre cada cierto tiempo, pero se cansa con facilidad, una cosa a la vez. Ha olvidado su libro sobre una maceta. Es un libro delgado, morado, de letras pequeñas. Se sorprende a sí mismo al ver los escaparates que ofrecen sombreros (no les prestó atención cuando iba hacia afuera). Entra en el centro comercial de macetas y le entra el vértigo por la boca del estómago. Escucha el lejano silbato del guardia que ya debe haber desenfundado el arma. Sus uñas raspan la maceta fría. Su libro aún estaba ahí. Sale a una calle de luces y árboles, por la puerta de atrás. Adelante, C voltea la vista a cada momento. A solo quiere llegar a casa. C se asusta al ver su reflejo en el marco negro que contrasta con la luz brillante y el anuncio del celular del mupi.
viernes, 5 de junio de 2009
lunes, 1 de junio de 2009
Los trabajos de Hércules
Por haber opinado sobre Böll en otro lugar, solo queda seguir hablando de él. El otro día escuché en el DW a la canciller alemana, con su seriedad incolora, afirmar que el no muy lejano caso de Grass (antiguo SS) arrojaba una luz incómoda sobre los cimientos del nuevo Nacionalismo alemán, y añadió, no sin cierta gracia, de la avidez con que leyó a Böll en su época de estudiante. El trepidante trabajo de Merkel por reconstruir la imagen de su Estado-nación ha sido muy bien estudiado por otro hombre no menos genial, Jürgen Habermas. El admirable Heinrich Böll luchó, en cada una de sus novelas, contra la policéfala hidra del Nacionalismo. Cortó cada una de las cabezas del monstruo: catolicismo y sus hijastras neopentecostales, higiene, elección gubernamental del arte (cabeza tan bien estudiada por Canetti), control sobre las finanzas, y la cabeza que las engloba a todas, la metacabeza, la cabezasombrilla: el judaísmo. Todo relato de Böll es un hacha. Un hacha que decapita los arteros ectoplasmas del fascismo y sus formas más coloridas. Una narrativa del patíbulo. Un ejercicio de demolición hermoso. Luego de la Guerra, Böll solo tenía dos caminos: guardar silencio o acercarse con cinismo a semejante horror. ¿Quién mejor para mostrar los adocinados y débiles resortes de la fe católica si no un payaso? No hay revancha, Hamlet, no hay heroicos Arjuna ni Gilgamesh ni mierda. Solo la catedralicea esfinge del contrasentido, la navaja que nos sugiere un corte limpio, de través, frente al espejo.
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